Cuenta la leyenda que, para celebrar su cuarenta aniversario, el emperador Carlomagno organizó una fiesta en la que retó, a un soldado franco, a una partida de ajedrez.
Este hombre tenía fama de ser el mejor jugador de ajedrez del reino, su nombre era Garín.

Para dicha partida, Carlomagno ofreció un ajedrez bellísimo que a todos embaucó. Se lo había regalado el gobernador musulmán de Barcelona, en agradecimiento por una ayuda prestada en batalla.

Esta obra de arte había sido realizada por artesanos árabes. Era tan grande y pesado que para transportarlo se necesitaban ocho personas que se lo colocaban a los hombros.

Además del tablero, las piezas eran de espectacular belleza. Estaban hechas de materiales nobles y decoradas con piedras preciosas como rubíes, diamantes o zafiros.

Como estaban confeccionadas con materiales muy brillantes deslumbraban de una forma, casi misteriosa, a todos los que las contemplaban.

La pieza más grande del ajedrez era el rey que medía 15 centímetros de altura. Era la figura de un hombre con corona subido en un elefante.

La reina iba sentada en una silla decorada con piedras preciosas.

El alfil era un elefante que llevaba una silla con gemas incrustadas que tenían formas muy extrañas.

El caballo era una preciosa representación de este animal de origen árabe. Esbelto y con singular bravura.

La torre estaba representada por un camello que portaba una gran silla en forma de torreón alto.

Y, por último, el peón era un soldado con unos bonitos ojos hechos con dos piedras preciosas y que llevaba una espada con una bella empuñadura de diamantes.

Dicen que este ajedrez estaba embrujado y tenía poderes mágicos: hacía desear la muerte de cualquier persona con tal que se ganara la partida.

Cuentan que, antes de comenzar la partida, Carlomagno habló de una forma muy extraña a todos los asistentes:

-Propongo una apuesta- dijo en pie dirigiéndose a Garín-. Si tú me ganas en esta partida, te donaré los territorios que poseo desde Aquisgrán hasta los Pirineos. Además, te concederé la mano de mi hija mayor.

Se organizó un gran revuelo en el patio ya que, de todos era sabido, el amor que profesaba Carlomagno a sus hijas y a su reino.

Comenzaron a escucharse rumores de los más incrédulos que mencionaban que aquel ajedrez estaba embrujado.

-Pero igual te digo Garín, que si pierdes la partida serás degollado aquí al amanecer- sentenció Carlomagno.

La partida comenzó de una forma muy extraña entre murmullos y destellos casi mágicos.

Los dos contendientes, el emperador y Garín, se estaban comportando de una forma muy extraña.

Parecían como poseídos por el mismísimo diablo. Sus cuerpos temblaban de forma muy visible; las gotas de sudor corrían por sus rostros; sus miradas mostraban puro odio.

Carlomagno estaba muy alterado y enfadado, mientras que, a Garín se le notaba enfermizo y desolado.

Cuando llevaban poco más de una hora de juego, de pronto, el semblante de Carlomagno se volvió humano. Las lágrimas surcaron su rostro.

Con una poderosa fuerza interior, se levantó de su silla, cogió el tablero de ajedrez y lo volcó con gran fiereza.

Todas las piezas rodaron por el suelo dejando un halo de misterio allí por donde pasaban…

Cuentan que, Carlomagno, repuesto de esa enfermiza actitud gritó con gran fuerza:

-Los nuestros han comenzado la batalla. ¡Suena con gran poder el olifante de mi sobrino Roldán!- dijo Carlomagno dirigiéndose hacia el capitán del ejército.

Entonces, el emperador, mandó tocar todos sus olifantes para que Roldán supiera que le había oído y acudía en su ayuda.

El ejército de Carlomagno se vistió con cotas de malla, yelmo, y portaba lanzas y espadas. Cabalgaban hacia el paso de los desfiladeros.

Carlomagno iba montado en su caballo, deseoso de venganza.

Mientras iba rogando a Dios que mantuviera vivo a su sobrino Roldán para que pudieran luchar juntos contra los sarracenos…

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En algún lugar de Roncesvalles, Oliveros, fiel amigo de Roldán, se ha asomado a un barranco.

Allí, ve un gran ejército de sarracenos que llega desde España.

-Oigo el ruido metálico de multitud de escudos, yelmos, lanzas y espadas. El eco nos trae el golpeteo de los caballos sobre la tierra- dice Oliveros dirigiéndose a Roldán-. ¡Desfilan muchísimos hombres! ¡Nunca he visto brillar tanta cota de malla junta! ¡Roldán!- grita desesperado Oliveros-. ¡Toca el olifante para que Carlomagno te oiga!

-Haré tocar el olifante- dijo Roldán acercándose a ver quien les acechaba-. No te preocupes, mi tío vendrá rápidamente a ayudarnos y la batalla se tornará más cruenta todavía. Pero espera un poco. Somos valientes y bravos, podemos vencerlos- comenta Roldán muy seguro de sí mismo.

Pero algunos de los sarracenos ya estaban escondidos esperando atacar la retaguardia del ejército de Roldán.

Eligieron un camino muy estrecho. A un lado, se abría el abismo, al otro, un bosque muy denso donde no había escapatoria.

Comenzaron los sarracenos a lanzarles desde lo alto multitud de rocas que rodaban por la montaña; además, les tiraban piedras para que los animales de los carros se asustaran y les precipitaran al barranco.

Carros, caballos e infantería fueron precipitándose al vacío. La retaguardia de Roldán había sido aniquilada.

Consciente de la gravedad de la batalla, Roldán intenta llegar al collado para, desde allí, hacer sonar su olifante y pedir ayuda a Carlomagno.

Mientras, todos luchan con gran bravura contra los sarracenos. Roldán es herido de muerte en el llano de Roncesvalles.